¿No puede alguien morir por mi?

1. El rey se muere

Con verdadera frecuencia, pienso en un montaje de la compañía La máquina teatro a partir de El rey se muere, de Ionesco. Dirigida por Clarissa Malheiros y Juliana Faesler en 2013, aquella reconstrucción –esta palabra aparecía en el título– en el Teatro El Milagro volvía sobre un primer montaje (más apegado al texto original) que la propia compañía había realizado el año anterior. Pensando en la película Irreversible de Gaspar Noé, volvían sobre los pasos de la historia y su primera versión para desestructurla y abstraerla. A traves de esa forma de ficción extrema, como la nombraron las directoras, llevaron a un nivel difícil de explicar la revisión quirúrgica que Ionesco hizo de la anatomía del poder. Honestamente, lo que recuerdo no son los detalles de la anécdota sino el profundo desconcierto. El rey está por morir y su reino se desmorona ante sus ojos, pero se niega a creerlo. Sus cortesanxs le siguen los pasos y desvaríos, serviles como siempre, y ante la inminencia del fin insisten en esconderle la realidad. Acostumbrado al ejercicio del poder absoluto, que le permite decidir quién vive y quién no, en cierto momento piensa una opción que le resulta lógica: “¿es que no puede alguien morir por mí?”

 

Casi una década después, gracias a esas artistas, sigo pensando en las posibilidades de desnudar el texto y entender sus mecanismos para –qué fantasía, qué horizonte de posibilidades– sembrar preguntas que duren años. Gracias a su trabajo, no dejo de ver esa ceguera producida por el poder y por el privilegio: veo esa figura del rey aparecer una y otra vez como arquetipo. En la política y en múltiples campos de la vida pública, en el mundo del arte, por todas partes. Hay reyes y reinas, con sus cortesanxs (a veces aún más déspotas), y todo tipo de reinos.

 

Hay quienes persiguen el arquetipo, pero no lo ven; y hace tiempo que hay prácticas curatoriales otras, pero no las ven. En este texto retomo esa figura en tanto imagen del momento límite de un tipo de ejercicio del poder; es un distanciamiento de la homogenización de la figura del curador en ese sentido: una mirada hacia otra parte, donde la concentración del poder de negociación y de la producción de valor no son las únicas posibilidades. Aunque los ojos se cierren para no mirarlo.

 

2. Un cambio de sensibilidad

 

En el último año, con asombrosa rapidez, surgieron espacios de reflexión acerca del futuro de las prácticas artísticas. Cuál será el futuro de los espacios, de las instituciones, de los sujetos, de las prácticas del arte, de las discursividades en torno a ellas. Aunque respeto la asombrosa claridad de tantxs ante el desconcierto, apuesto por mantener las interrogantes abiertas.

 

Si es cierto que el mundo está cambiando tanto, apenas como balbuceo me pregunto cuáles y cómo acabarán de ser los cambios en ese ámbito del arte contemporáneo que ha tenido como condición al menos tres décadas de un modelo económico (el neoliberalismo) y un modelo de mundo (el globalizado) que enfrentan, cuando menos, algunos tropiezos. En ese escenario incierto, me parece ineludible pensar no solo de qué maneras han cambiado o cambiarán las prácticas artísticas de manera aislada, sino también acerca del modelo de sujeto que se relaciona y dialoga con ellas, así como el que las acompaña/rá para develarles, germinarles y qué mundo tendrán lugar –el que nos queda, en términos naturales, pero también sociales, políticos y económicos.

 

En ese sentido, más que iniciarse, veo florecer preguntas sembradas hace tiempo. Probablemente calificadas como posmodernas, pero ya convertidas en algo otro, hay interrogantes que insisten en el desmontaje del modelo capitalista, occidental moderno y del progreso operado por un ideal del hombre blanco heterosexual ilustrado del que algunas figuras en las artes son ejemplares sanos cuando, sin otros puntos de vista, encarnan el saber, nombran, organizan la mirada y nos explican con textos que cierran las interpretaciones en lugar de abrirlas. Frente al arquetipo (o quienes lo performen), a fuego lento (pero ardiendo) las interrogaciones posmodernas, de las epistemologías feministas (y desmontajes desde los estudios de género), originarias (lxs principales violentadxs por el colonialismo y extractivismo modernos en nombre del progreso, que modelaron nuestras formas de conocer), de otras sensibilidades, de las posturas del cuidado y de los afectos, interseccionales y otras, hace tiempo han venido preparando una tierra distinta.

¿Cómo esto permea la producción artística del ideal del mundo del arte globalizado y privilegiado? ¿Cómo desde otras prácticas curatoriales se ha venido acompañando y cuidando el desarrollo de dichas preguntas? Por ahí se orientan las prácticas artísticas y curatoriales que quiero señalar. Las cortes que se han reído del sentir/pensar, de lo situado, de las pequeñas narrativas, del cuidado, de los procesos largos, de lo genuinamente colaborativo y de lo corporal, de su rabia, se erigen cuidadoras de la modernidad unívoca y aplastante, le construyen fuertes. A veces también se apropian de los términos sin encarnarles, sin formular para sí las preguntas de vida que aquellos proponen. En el último año, marcador histórico ya, algunas preocupaciones por el futuro desde el poder se han develado con claridad como una ansiedad de que el pasado y ciertas formas no terminen. Por eso en tantos espacios de poder echaron a los mediadorxs a la calle. ¿No detonan ellxs también posibilidades afortunadas de vivir con las artes? ¿No acompañan también la voz del artista? ¿No establecen puentes con lxs otrxs que completan la experiencia de lo artístico?

 

Una intuición, alimentada por múltiples conversaciones, me hace pensar que el extremo cuidado de ciertos agentes por asumir sin más el mote curador, del cual habla Adriana Melchor en su texto Un malestar domesticado, probablemente tenga que ver con una vocecita que susurra acuérdate del rey/la reina, acuérdate de esos reinos grandotes y chiquitos (que solo a veces son el museo, pero no siempre ni únicamente: es el arquetipo performándose aquí y allá); es la fuerza imantada de La Zona que con precisión dibuja María Cristina Torres Valle y que a tantxs repele y les recuerda su no-pertenencia. A lo mejor por eso lxs curadorxs educativxs o pedagógicxs, lxs curadorxs de prácticas de la corporalidad, lxs curadorxs de los largos procesos afectivos tienen tanto cuidado de distanciarse de la figura del erudito y del notario, para asumirse, como ha planteado la Plataforma Arte Educación, como mediadores, como acompañantes del hecho artístico: como modeladorxs de conversaciones otras.

 

Que me disculpe quien lee esto por mi desvarío obsesivo con la figura del rey-la reina-los reinos, pero no es ella sino la fantasía del monopolio de la voz pública que les alimenta; es el poder de quienes le rodean y no se atreven a contarle que su mundo está cambiando. No es el término curaduría, porque claramente es (dentro y fuera de los museos) habitado, encarnado y ejercido de mil maneras otras, pero hace falta señalar el arquetipo y su erudición unívoca para distanciarse de ella. Esto se hace en las prácticas y en el cuidado del lenguaje, en sus momentos de desidentificación. Se hace enriqueciendo, viviendo, sintiendo y pensando las preguntas sembradas hace tiempo y que no están por transformar, sino que han transformado ya sensibilidades. Y de mil maneras que se me escapan.

 

3. Agentes de algo otro

 

Están aquellas figuras arquetípicas, pero también todo lo otro. Quienes incomodan los campos de las convocatorias y otros procesos administrativos, quienes desconciertan con su insistencia en los términos y entendimientos que en las torres más altas y dentro de La Zona no se quieren escuchar. Acompañan y hacen reverberar la voz de aquellxs artistas que se incomodan cuando les quieren convertir en cuotas; no lo hacen con aquellxs otrxs incapaces e indispuestxs a renegociar el lugar de los privilegios desde los que se enuncian.

 

Son quienes plantean despatriarcalizar el archivo, como Natalia de la Rosa y Roselin Rodríguez y todas las agentes que han convocado y con quienes se han acompañado; son quienes ponen en crisis las imposiciones epistemológicas occidentales de las que el arte no deja de hacer parte como proponen José Luis Romero, Emmanuel Tepal y todo el colectivo en torno a Las lenguas del diablo; son quienes hacen de los proyectos comunitarios una práctica consecuente como Gemma Argüello; son quienes encarnan las insistencias sobre el cuerpo, sus vulnerabilidades y el deseo como Daril Fortis, Abril Zales y Ana Cadena; son quienes no han dejando de interrogar las grandes narrativas desde las intensidades afectivas como Sol Henaro; son quienes convierten las violencias coloniales naturalizadas en urgencias para el debate público como Diego del Valle, Andrea Ancira y El Círculo Permanente de Estudios Independientes Menos Foucault, más Shakira; quienes siguen haciendo de las propuestas artísticas más radicales sobre lo público preguntas del presente como Andrea Torreblanca con la nueva etapa de InSITE; son lxs integrantes de la Plataforma Arte Educación, que han pensado con paciencia e insistencia las desdeñadas mediaciones; son quienes practican escrituras distanciadas de la figura del erudito-notario –y que a veces realizan prácticas curatoriales– como Sandra Sánchez, Adriana Melchor, María Cristina Torres Valle, Christian Fajardo y los grupos que convocan; es Esteban King y la manera en que teje vínculos y deja respirar las obras; es Fabiola Iza que en sus colaboraciones no le suelta el brazo a las narrativas desde el poder; Tatiana Cuevas, Mauricio Marcín y Catalina Lozano mostrando los huecos de los relatos; son las delirantes exposiciones de Víctor Palacios que nos ponen ansiosxs cuando no podemos hallar los nombres de ¡los autores!

 

Por quienes nombro, múltiples agentes con quienes comparto afectos, hay tantxs otrxs que no enuncio que están distanciándose de las estructuras y arquetipos del poder, dentro y fuera de las instituciones. Desde el espacio privilegiado del que también soy parte, y al que de manera neurótica busco otras formas de relacionarme en los proyectos en los que me involucro –ojalá de forma descentrada–, les reconozco las preguntas sembradas, los haceres otros, el pensamiento de la labor curatorial –entendiéndole como los diversos acompañamientos de las prácticas artísticas en sus múltiples modos de existencia y reverberaciones– desde otro lugar: desde los afectos, desde lo no narrado y preguntándose de manera permanente por su lugar de enunciación.

 

Fuera y dentro de La Zona, en los espacios de artistas, en los diversos proyectos, está en curso la resignificación de una práctica fundamental, la curaduría, que nos ha ofrecido experiencias vitales ejemplares y formativas, pero también prácticas del poder que se antoja desmontar. Así como la figura apareció recientemente en la historia, parece posible asistir a la ampliación de su campo de batalla: la continua reinvención de sus posibilidades para detonar la experiencia y el pensamiento de lo artístico. Y aunque la fiesta fuera de los muros del castillo sea de sobra más inquietante, no vale renunciar al ejercicio de los recursos y espacios que nos son propios porque son públicos. Esos entendimientos curatoriales viven con la deuda de una mayor y más clara entrada a los espacios de representación.

 

Mientras tanto, una turba sin guillotina acompaña un mundo de preguntas que, desde hace tiempo, y no solo en el último año, se han venido modelando. Sin el afán bélico y patriarcal de destruirle para sustituirle, pero sí paso a paso y con paciencia, desde lejos ven de reojo al arquetipo del rey dar sus últimos estertores; se ha convertido, como las monarquías que persisten, en simpático adorno. Lxs otrxs no quieren, no pueden, desaparecer por él.

 

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