Notas sobre curaduría en medio de la inquietud

No se si a los que lean este texto les pase algo similar, pero siento que nos encontramos en un momento que puede ser muy productivo respecto a la labor curatorial: estamos en medio de una crisis de la figura del curador como lo conocíamos y la emergencia de nuevas formas de pensar y hacer curaduría. 

Ese lugar bisagra, intermedio, aún indeterminado, en lo personal me entusiasma. Pero también resulta difícil de conversar aún, por la cercanía de los procesos que lo van formando; y también por el hecho de que estamos tan implicadxs en la práctica curatorial (en inventarla para nosotrxs) que nos damos escasos momentos para reflexionar sobre ella. Desde cierto punto de vista, es de esperarse pues la curaduría es ante todo una práctica, y luego quizás una forma de pensar el arte.

Creo, no obstante, que si no realizamos nosotrxs un ejercicio de reflexión sobre lo que hacemos ¿quién más lo va a hacer? Probablemente, nadie. Justo porque el sujeto curador que solía reflexionar sobre la labor curatorial -pensemos en la curaduría en los años 90 y primera década de los dosmiles-, parecería que ya no está interesado en pensar las prácticas y desplazamientos actuales no ya curatoriales, sino del campo del arte en general. Tampoco habría que señalar esto como una falta irreparable, porque en efecto es menester de nuestras generaciones, de otro tipo de agentes, desde lugares de enunciación distinta, llevar a cabo este trabajo. Como otrxs lo hicieron en su momento, podemos nosotrxs crear los espacios de posibilidad para existir como queremos hacerlo. En palabras llanas y comunes, se trata de pensar qué podemos hacer con lo que tenemos y hacia dónde queremos dirigirnos.

Reflexionar sobre el papel de la curaduría en la actualidad y en los contextos que actuamos no es menor porque involucra preguntas más amplias: ¿cuáles son las rutas de los discursos del arte en la actualidad? ¿qué clase de acompañamiento curatorial requieren las prácticas actuales para concretarse? Adicionalmente, si pensamos en la labor de mediación de la figura del curador entre las prácticas y las instituciones del arte, ¿cómo reinventar ese rol en un contexto donde los museos no están dando lugar a curadores nuevos, sino que reciclan un puñado de figuras que rotan sus posiciones entre instituciones cercanas o ceden el puesto a curadores que traen algún tipo de legitimación de autoridades de fuera? Una muestra clara de esto es el hecho de que nuestros museos no están colaborando con curadores que están cerca de los procesos de producción del arte local, sino que optan por atraer directamente a algunxs (pocxs) artistxs, por mediación de criterios de mercado o su influencia en redes, y/o confían a curadorxs que ya cuentan con mecanismos establecidos de legitimación, para realizar exposiciones de arte reciente. Ha sido preferible repetir y conservar que arriesgar.

Al respecto, no puedo dejar de pensar en el desenvolvimiento de las mesas que se realizaron recientemente sobre el “futuro” del SITAC. Aun me cuesta articular una lectura de lo que allí ocurrió. Pero la sensación de nostalgia por un pasado inmediato (90`-2000`) y la desconexión de los participantes con los rumbos actuales del arte, sus debates, discusiones, circuitos de interés y relaciones múltiples, fue evidente. Muchos hemos coincidido en esa sensación. La desconexión percibida no obstante es multifactorial.

Quizás se está dando una brecha generacional, una incomunicación cuyos efectos también intervienen en la vinculación de las escenas de arte locales con las instituciones de arte contemporáneo en estos contextos. Es un hecho que los museos de arte contemporáneo cumplen otras funciones ligadas a temporalidades más largas de coleccionismo, archivo, genealogías de la historia del arte, traer debates pertinentes a escala global, etc. Pero por otro lado ¿de qué sirven esos esfuerzos si no tocan en alguna medida las inquietudes situadas del presente? Lo que está ocurriendo con esta distancia es que están dejando de registrar la temperatura, por decirlo de algún modo, de los debates y producciones de las comunidades locales que le sirven de sustento, de públicos y posibles interlocutores. El problema es muy complejo y tiene resonancia en varios espectros. Pero creo que no hay que dejar de señalarlo. Por el contrario, creo que debemos conversarlo mucho.

Video sobre nohacernada.org en el Museo Carrillo Gil.
Cortesía de nohacernada.org

Por supuesto hay excepciones visibles en algunos programas museales como el Brillantinas del MUAC; el acercamiento -inédito en años-  que implicó la exposición de Otrxs mundxs en el Museo Tamayo o en menor grado Excepciones normales en el Museo Jumex; la apertura que está mostrando el Museo Carrillo Gil a colectivxs de artistas y curadorxs como Kashe&Shirota, nohacernada.org y RRD y algunas curadurías recientes del Museo de Zapopan, entre otros. 

Más allá de estas iniciativas, el campo prolifera en varias direcciones y se diversifican sus prácticas curatoriales en el plano de lo in(ter)dependiente. Pero muchas de ellas no alcanzan a consolidarse por falta de interlocución y apoyo de las instituciones que concentran poder y recursos. Es un hecho que contamos con un ecosistema rico en formas múltiples de producción artística y formas de trabajo curatorial al margen de las instituciones, pero muchas de ellas se extinguen cuando se agotan los apoyos esporádicos que pueden recibir. Padecemos en la escena in(ter)dependiente de una sobreproducción que la mayor parte del tiempo no se encamina a transformarse en formas viables de vida y sostén. Esta inercia es y será más difícil aún de sostener en el contexto de pandemia y el retiro de los apoyos estatales al arte del presente gobierno. 

En esta coyuntura, nos tocará reinventar no sólo nuestras economías, sino también la forma en que nos relacionamos con las instituciones del arte y sus discursos, las genealogías que nos sirven de referencia y las maneras en que nos tejeremos socialmente entre nosotrxs a través de conversaciones, intercambios y formas de colectivizar el trabajo y sus beneficios. Desaprender para reimaginar un espacio común.

Siento que nos encontramos en el inicio de otro tiempo de la curaduría, donde coexisten varias situaciones: al tiempo que la función “curador” se ha expandido a vastas áreas de la cultura, en el arte contemporáneo quizás aquella figura del curador respetable como autoridad y malabarista de los discursos, el curador individual que asiste las obras con un texto enrevesado de términos ilegibles para el público, que domina una escena determinada irradiando exclusividad y no poco soberbia; ese tipo de curador, puede que ya no nos funcione. 

En este momento de intervalo, sigue practicándose la curaduría pero en otros términos, afectada por la renovación que ha implicado los feminismos interseccionales y la necesidad misma de inventar las maneras de trabajar sin techo o sustento garantizado. Algunas de las formas que ha tomado la curaduría y que puedo enunciar brevemente son el trabajo colaborativo y colectivo, la conciencia de una perspectiva interseccional de las relaciones de poder en el trabajo, un acompañamiento más horizontal y conversacional de las relaciones entre artistas, curadores y otros agentes y otras dinámicas no autoritarias de socializar los saberes compartidos e interconectados. Algunas colectivas y proyectos curatoriales vinculadxs a estos cambios son Franziska y Lolita Pank, nohacernada.org, Concha eléctrica, La Movimienta y La Cresta. Estas renovadas formas de la labor curatorial y las maneras en que queremos enunciarlas hemos de pensarlas juntxs. Por esa vía quizás será posible crear el espacio donde queremos existir y donde el trabajo y la vida sean vivibles.  

Madeline Jiménez Santil, Molida de pulpa negra, 2019. Del proyecto BUY Us! cuerpxs, consuma & trabaje. Cortesía de la artista

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